CAMARERO VOLVER A VER

—Era como a final de verano, ¿recuerdas? Nos habíamos quedado sin gasolina y caminamos hasta ese pueblito. Al pasar por la plaza los muchachos y muchachas se salpicaban unos a otros en el pilón y algunos aprovechaban para robarse un beso.
«¡Los niños son la primavera!», grité.

Y olía a jacinto y caléndula,
y olían las fresas silvestres,
y olía a romero y a peras,
y olían los membrillos verdes.

»Entramos en aquella cantina manoseándonos como adolescentes hasta que el camarero nos interrumpió mirándome de esa manera.

—…

—Me cubriste con tus manos fuertes y abotonaste mi blusa de raso a través de la cual te encantaba tocar mis pechos cuando todavía no vestía sostén. «Un café y una cerveza», dijiste con tu voz desafiante y masculina. Estabas tan guapo… «Aquí sólo se sirve vino, señoritos», y tiré de tu brazo para amansarte, y te sosegué con mi cálida sonrisa y mis palabras dulces.

»Bajamos por la cañada correteando de la mano y levantando una enorme polvareda mientras los chuchos nos ladraban perezosos desde los soportales. Luego nos bañamos desnudos en el río y me hiciste el amor. ¿Recuerdas ahora, mi vida? «Estos pechos son sólo míos», murmuraste mientras te desplomabas sobre mí.

(Sé que estás estresado y por eso estallas, pero volveremos a estar bien, amor, como en aquel verano nuestro).

»Llegamos a la gasolinera con la ropa aún húmeda y tú bromeaste: «¿Tienen gasolina o aquí los coches también arrancan con vino?». Y escapamos corriendo entre carcajadas con la garrafa medio vacía.

»¿No tienes curiosidad por volver a ese pueblo a ver cómo es ahora? No sé… por revivir aquellos tiempos…

—¿Ves cómo eres una zorra? —Se quita el cinturón.

—Tranquilízate, cariño…, ¿acaso he vuelto a decir algo malo?

—…

—…

—Camarero volver a ver.

Jorge Rico

CAMARERO VOLVER A VER

—Era como a final de verano, ¿recuerdas? Nos habíamos quedado sin gasolina y caminamos hasta ese pueblito. Al pasar por la plaza los muchachos y muchachas se salpicaban unos a otros en el pilón y algunos aprovechaban para robarse un beso.
«¡Los niños son la primavera!», grité.

Y olía a jacinto y caléndula,
y olían las fresas silvestres,
y olía a romero y a peras,
y olían los membrillos verdes.

»Entramos en aquella cantina manoseándonos como adolescentes hasta que el camarero nos interrumpió mirándome de esa manera.

—…

—Me cubriste con tus manos fuertes y abotonaste mi blusa de raso a través de la cual te encantaba tocar mis pechos cuando todavía no vestía sostén. «Un café y una cerveza», dijiste con tu voz desafiante y masculina. Estabas tan guapo… «Aquí sólo se sirve vino, señoritos», y tiré de tu brazo para amansarte, y te sosegué con mi cálida sonrisa y mis palabras dulces.

»Bajamos por la cañada correteando de la mano y levantando una enorme polvareda mientras los chuchos nos ladraban perezosos desde los soportales. Luego nos bañamos desnudos en el río y me hiciste el amor. ¿Recuerdas ahora, mi vida? «Estos pechos son sólo míos», murmuraste mientras te desplomabas sobre mí.

(Sé que estás estresado y por eso estallas, pero volveremos a estar bien, amor, como en aquel verano nuestro).

»Llegamos a la gasolinera con la ropa aún húmeda y tú bromeaste: «¿Tienen gasolina o aquí los coches también arrancan con vino?». Y escapamos corriendo entre carcajadas con la garrafa medio vacía.

»¿No tienes curiosidad por volver  a ese pueblo a ver  cómo es ahora? No sé… por revivir aquellos tiempos…

—¿Ves cómo eres una zorra? —Se quita el cinturón.

—Tranquilízate, cariño…, ¿acaso he vuelto a decir algo malo?

—…

—…

—Camarero volver a ver.

Jorge Rico

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